El goce está aquí como relámpago
y yo no quiero que se termine.
Tengo miedo ahora de otros días
llenos de voces con prematuras sombras.
Yo te deseo encerrar entre mis manos,
quiero situarte frente a mis ojos que no parpadean.
¡Ay, si tú pudieras perpetuarte y vencer mi desdicha!
El goce me invade la sangre
como un ángel sorpresivo que recorre mi sueño
y que poseyéndome reinventa la vida.
Estás sereno,
pero deseas extender con ardor
este breve minuto que se escapa invisible.
Ansías enjaular este tiempo sin tiempo
como si fuera la eternidad inconclusa.
Yo soy la sonrisa del amor que se inicia,
mi materia tiene forma de cielo despejado
donde tu alma mide la infinita belleza del júbilo.
Tengo la sustancia del aroma que expulsa
para siempre el hedor de las desesperanzas.
Tú eres jugo en la sed y niño recién nacido
y paseo vallenato al anochecer, color incoloro,
el nervio alterado y vuelto a serenar,
la muerte feliz que me habita, dios innumerable,
mi poema total, la palabra que necesitaba.
No te escapes aún, goce mundano.
Pero huyo, salgo de prisa hacia la noche.
A pedazos, a trozos perdidos se borra, se pierde,
se torna paloma que escapa antes de la tormenta,
y yo adivino la oscuridad movediza
luego de este juego solar del íntegro equilibrio.
Nunca fuiste el mañana y ya serás pasado,
pero en el sueño ardes encima de mis penas.
Se va sin ruido, solo, agonizante,
y mientras llega la muerte sé que no muero nunca.
José Luis Díaz-Granados