UNA CESURA EN EL DESEO
A Rafael, Alejo y Adriano Salgado
De lo que vemos, un aparte de lo que vemos. Siempre
la poca común incursión de lo inquietante que se
prolonga. Sabemos o ignoramos de la vigilia
amancebada con el sueño de un fruto.
Podríamos sostener que se trata de un ceremonial
apartado en la Naturaleza, un pathos como decían los
antiguos griegos, la gestualidad mimética ante el ojo de
la búsqueda. La hoja y el gajo. Un íntimo horizonte de
saliva que se cuaja, lo misterioso que lo toca. Pero antes
que todo es la aparición de su densidad, lo edénico de
la forma que llama. Ahí está como un sol encendido en
la luz plena, denso vuelo místico en la paganía de los
matorrales. ¿Cuál es el altar donde esa fluvialidad
hecha de abrazos laberínticos condensan el templo del
germen y del desarrollo de los salmos?... ¿La dominante
corredura de su guía? ¿Un empuje rectilíneo
injertándose al amparo silvestre de los troncos?
El asalto de una vulva cubierta de una niebla lactífera
es el último paso para dar lugar al fruto mágico del
Tasi. En el peso de ese continente hay una incisión
vertical que trastorna la óptica, excava en la mirada
formando una estrecha garganta en la imaginación.
Suponemos una fisura en la reducida sección del
paisaje. Esos tenues afloramientos en cortos viajes
sorpresivos responden a la ocurrencia de las brisas
desprendiendo toda la exuberancia secreta de su
perfume, engajándose a una torre salvaje que se
construye, permanece y vuelve a repetirse.
Una incipiente vertiente de sangre blanca. La ansiedad
clavándose en el papel que sostiene a la poesía y solo el
silencio responde como un consuelo en un vestido
abierto por el trinar de los pájaros.
Soplo tenue. Fuego en perpetuos fragmentos.
Al pie de esa vía ardiente, la efímera alhaja del rocío,
la más remota alfarería vegetal se tuerce, llega la aurora
y sigue luego enredándose en la noche, entregando su
río al aliento de una lujosa nodriza que lo alimenta.
A fines del verano el viento del Norte se enamora del
sedoso corazón del Tasi, la "Ella" que hay en el "Ël"
ha abierto sus valvas, entonces levemente las alas de su
mariposa se extienden por el aire.
Julio Salgado